
De cara a los hijos los padres somos ángeles. No porque seamos excepcionalmente bondadosos, sino porque simulamos ser seres asexuados. Cómo llegamos a convertirnos en padres es un misterio. Ante el público podemos llegar a besarnos. En nuestro caso hasta eso es complicado, porque la perra me ataca si me ve besando al macho alfa. No es demasiado preocupante porque es un schnauzer miniatura, pero igual me molesta que se la agarren con mi pierna en esos momentos. Si no estuviera ya gastando una fortuna en psicólogos, mandaría a mi perra para que acepte el hecho de que entre un perrita peluda de 30 cm de alzada y una mujer de extraordinaria belleza como yo, mi marido me va preferir. (Bueno, saquemos lo de extraordinaria belleza. Una mujer).
Por eso me sentí cierta aprensión cuando ví a mi hija de 15 leyendo Diálogo conyugal
Intenté salvar la situación:
- Mi amor, todo lo que escribí ahí es ficción.
Mi hija, que sabe que mi talento para la ficción oscila entre cero y nulo, además de encontrarlo muy plausible, me miró con lástima.
- Mamá, cuando tenía 10 años la idea me daba miedo, a los 13 asco. Ahora me produce una total indiferencia.
- No, no. Con tu padre, sólo lo hicimos una sola vez para tenerte a vos. Después de aquella ocasión nos quedamos tan impresionados con la experiencia, que para concebir a tu hermana recurrimos a una fertilización asistida. Esa fue la razón del tratamiento.
-Ja, ja, ja.
Me parece que como madre, ya perdí la capacidad de hacerle creer lo imposible.