miércoles, junio 28, 2006

EL VITRAL Y EL VIDRIO DE VENTANA

Con respecto a los comentarios sobre "Travesuras de la niña mala" y si la facilidad de su lectura lo hacía mejor o peor novela, me acordé de un excelente ensayo sobre el tema de Asimov. Está en "Sobre la ciencia ficción".

EL VITRAL Y EL VIDRIO DE VENTANA

Siempre he sido renuente a dar opiniones argumentadas sobre historias particulares porque no confío en mi habilidad para reconocer lo que es bueno, lo que es malo y por qué. Aun así no puedo dejar de tener ciertas ideas sobre el oficio de escribir acumuladas a lo largo de mi carrera, y una de ellas está ligada a una metáfora que oí por primera vez en boca de mi buen amigo Jay Kay, infatigable fotógrafo de la ciencia ficción. Parece que hay dos maneras de escribir ficción. En una de ellas, uno presta más atención al lenguaje mismo que a los hechos que está describiendo. Uno ansía escribir con colorido, pintando un cuadro de la escena y el entorno de los hechos. Uno desea evocar en el lector un estado de ánimo que le haga posible sentir los hechos que tienen lugar de una manera más intensa que la que posibilitaría una simple enumeración de aquéllos. Esto no se logra fácilmente. Ha habido tantas frases coloridas que otros escritores emplearon frecuentemente en el pasado para evocar todo lo que uno quiera evocar que han terminado por gastarse hasta quedar secas. Han perdido toda capacidad de cumplir su función. A veces un solo uso en el pasado basta para anular una frase si ese uso es muy famoso por aparecer en Hamlet o en el Discurso de Gettysburg.El objetivo de ser brillante y evitar al mismo tiempo el cliché es difícil de alcanzar. A menudo hace falta pulir y repulir hasta conseguir que las cosas salgan correctamente. Si uno lo logra, ha escrito poéticamente. Ha escrito con estilo. Todos lo admiran; por lo menos todos los que pretenden tener buen gusto literario. Y sin embargo, aunque las frases puedan ser memorables, aunque su ritmo pueda ser grandioso, aunque los estados de ánimo puedan ser efectivamente evocados, puede ocurrir que la historia sea ligeramente difícil de entender. Escribir de esa manera es como construir un vitral maravilloso con trozos de vidrio de color. El resultado puede ser un espectáculo grandioso y digno de verse, pero si uno está interesado en ver lo que está pasando en la calle, va a serle difícil lograrlo mirando a través del vitral. Que no se me interprete mal. No es imprescindible que algo pueda entenderse en el acto. De hecho, cavilar sobre el vitral de una historia bien escrita y releerla puede, poco a poco, iluminarlo a uno. Uno puede llegar a encontrar todo tipo de simbolismos, y entenderla de mil maneras diferentes en diversos niveles. La satisfacción que uno puede sentir al lograr una comprensión profunda de algo no puede ser igualada por la “comprensión” superficial que se obtiene en un instante. Si uno tiene tiempo para eso. Reconozcámoslo, no todos tenemos tiempo para el ocio. Y aun cuando lo tengamos, hay muchas actividades que compiten por ese tiempo libre y puede ser que no nos sintamos capaces de gastar una parte con una obra literaria que nos exige un esfuerzo permanente de atención. Pero aun así querríamos leer una historia. ¿Qué podemos hacer? Hay también otra manera de escribir. En ésta, las palabras y las frases son elegidas no por su frescura o su novedad, o por su capacidad inesperada de evocar un estado de ánimo, sino simplemente por su capacidad de describir lo que está pasando sin interferir. Todo queda subordinado a la claridad. Es la clase de estilo en la que se prefiere la oración simple a las proposiciones subordinadas, la palabra familiar a la palabra rara, las palabras cortas a las largas. Esto no significa que no haya proposiciones subordinadas o palabras raras o largas. Lo que significa es que estos recursos son usados sólo cuando la claridad lo exige. A igualdad de condiciones, uno opta por lo directo, familiar, corto. El resultado es que uno puede ver con absoluta claridad lo que está pasando (si la redacción es manejada con suficiente soltura). Lo ideal es que uno ni siquiera se dé cuenta de que está redactando. Un escrito hecho así puede ser comparado al vidrio transparente de una ventana. Uno puede ver con exactitud lo que está pasando en la calle y no toma conciencia de que está el vidrio. Da la casualidad de que muchos críticos valoran sólo los vitrales. Están acostumbrados a alcanzar una comprensión que está más allá de la de los lectores menos experimentados (o fingen estarlo, porque si hay más escritores malos que buenos, también hay más críticas incompetentes que competentes) y se sienten incómodos si algo es demasiado claro o simple. Después de todo, si cualquiera puede entender una obra de arte ¿para qué hace falta un crítico? Puesto que el crítico corre el riesgo de quedarse sin trabajo (o, peor aún, sin su autoestima) cuando aparece un escrito tipo vidrio de ventana, su reacción habitual es la de desecharlo como “superficial”, “carente de estilo”, “falto de significación”, y algunos otros adjetivos cuidadosamente memorizados. En realidad, hasta podría parecer que ellos tienen razón. Si miramos primero un buen vitral y luego un buen vidrio de ventana, tendríamos que carecer totalmente de discernimiento para no ver que el primero es una obra de arte mientras que el segundo es tan sólo un objeto utilitario. Y sin embargo, ya en el tercer siglo antes de Cristo se hacían vitrales de gran valor artístico con vidrios de colores, mientras que la fabricación del vidrio de ventana sólo se logró acabadamente en el siglo diecisiete. En otras palabras, llevó dos mil años progresar desde el vidrio de colores con el que se hacían vitrales maravillosos hasta algo tan simple y “nimio” como el vidrio transparente, sin rayas, ni ondulaciones, ni burbujas. Qué extraño que algo tan “simple” sea tanto más difícil de fabricar que algo “artístico”.Y lo mismo ocurre en literatura. Si una historia está escrita muy artísticamente, muy poéticamente, muy estilísticamente, es fácil ver que fue difícil escribirla y que exigió una gran habilidad en su construcción. Pero si otra historia está escrita con tanta simplicidad y claridad que uno no repara en la redacción, esto no significa que no haya habido ningún tipo de problema al escribir, bien puede haber sido más difícil introducir claridad que introducir poesía. Hace falta mucho arte para crear algo que parezca desprovisto de arte. Conozco un escritor (sus iniciales son I. A. y mi relación con él es muy estrecha) al que le han dicho en numerosas ocasiones: “Yo no sé si usted es un escritor exactamente, pero sabe usted contar muy bien sus cuentos”. Los necios que dicen esto piensan que demuestran así su condescendencia, pero yo sonrío y me siento halagado, porque no es fácil contar bien un cuento. Si usted no lo cree, póngase a abordar personas al azar y pídales que le cuenten un cuento. Si lo hace por un período ininterrumpido de tan sólo tres horas puede ser que no recupere usted jamás su cordura. Escribir de tal manera que el estilo pase inadvertido, y que los hechos descritos entren en el cerebro como si uno mismo estuviera viviéndolos, es un arte muy difícil y necesario. A veces uno quiere ver lo que está pasando en la calle y aun la más pequeña imperfección en el vidrio de la ventana puede resultar un estorbo. Y a veces uno quiere leer una historia y verse llevado por los hechos rápida y suavemente, sin la menor imperfección de estilo que pueda recordarle a uno que uno está sólo leyendo y no viviendo. Bueno, supongamos entonces que tenemos dos historias: una tipo vitral y una tipo vidrio de ventana. No son directamente comparables, sin duda, pero supongamos que las dos (cada cual a su manera) son de igual calidad. En tal caso ¿cuál elegir? Si yo fuera el que elige, optaría siempre por el vidrio de ventana. Es lo que me gusta escribir y lo que me gusta leer.

Adivinen que es lo que yo pienso. Es fácil saberlo con sólo una pista. No me gusta la poesía ;-)

3 comentarios:

vane dijo...

y yo que pense q era un bruta pq elegir siempre un vidrio claro!!!
me encanto el texto!!!

lauraBaires dijo...

Estela, mil gracias por compartir este texto, que pone en palabras mucho más poéticas, aunque no por eso menos claras, lo que siempre intento transmitir a mis clientes.

A menudo me piden que "baje el registro" porque el público hispano de USA no tiene demasiado nivel formativo, bla bla bla. Bajar el registro, para muchos traductores, significa no calentarse demasiado por dar vuelta las estructuras y, en cambio, copiar casi literalmente los patrones sintácticos del inglés. Resultado: oraciones enrevesadas, texto cortajeado, ritmo disonante.

Sabés que por mucho tiempo me dediqué a traducir textos escolares, donde el tipo de lector exige a gritos usar estructuras claras, limpias y simples, algo que, a su vez, exige mucho tiempo de pulido y traspolación idiomática.

Pues bien, eso es lo que se necesita para llegar al hispano de USA. La simpleza es claridad. Pero, como bien dice el ensayo con el que nos convidaste, la simpleza no es fácil. Muchas veces se nos empaña el vidrio.

Ahora bien, volviendo a la obra de Vargas Llosa, sin haberla leido me animo a decir que probablemente lo que la crítica literaria haya cuestionado es la ligereza del tema, en comparación con otros que él ha tocado. La pluma de Vargas Llosa es clara, de eso no caben dudas. Las tramas también son claras. Lo que a veces no es tan sencillo es su estructura narrativa; el modo en que presenta aisladamente las partes, para luego atarlas magníficamente en un todo. Hay lectores que no tienen la paciencia de esperar esa culminación.

A mí me resulta un desafío apasionante.

Gracias otra vez!!!

Alicia R. dijo...

Si escribir con claridad es difícil, pareciera que traducir ídem es más difícil :-).A veces veo traducciones tan horribles, tan calcadas de mala manera del inglés que me pregunto: si yo con con mi inglés básico me doy cuenta, el traductor ¿no sabe? ¿no le importa?.

Menos mal que existen las Lauras que se preocupan por que el texto fluya y se entienda.