
Ya estoy de vuelta. De vuelta de Puerto Madryn, pero también de vuelta de una monografía que estuve escribiendo últimamente, y me llevó mucho más tiempo que el viaje.
Sucedió que en marzo encontré un curso anual sobre tema profesional interesante. Me entusiasmé.
-Es nada más que un viernes completo una vez por mes. Justo el día que no trabajo. No hay problema-me engaño. Olvido que si bien el viernes no trabajo, justamente está lleno de actividades que hago ese día porque...no trabajo.
Leo palabras como "examen final" y "monografía". Mi cerebro se pone en blanco. No importa, falta mucho tiempo. Ya veré. Pero el tiempo pasa y además ponernos viejos como dice Pablo Milanés, llega el momento de ocuparse de la monografía.
Ya en el curso, cuando repartieron los temas de las monografías, se explicó que cada tema se podía hacer en forma individual o con otro compañero. Por supuesto, que mi intención era hacerla sola. Años de "trabajos en equipo" durante mi educación formal, me demostraron que a la larga es más fácil. El aporte del equipo suele ser que uno trabaja y los demás miran, y lo peor ¡molestan!. Como decía, cuando se dieron los temas, una colega que acaba de conocer, me preguntó si quería que la hiciéramos juntas. Tenía mis reservas. Lo poco que sabía de ella era que tenía hijas con edades similares a las mías. A simple vista, parecía una persona normal. Me dió vergüenza decirle que no. Le respondí que por-supuesto-encantada. Fue un error.
Cuando le pedí el email, me dió el de su marido. Dió a entender que el lo abría con más regularidad y que era mejor que le escribiera ahí.
Con el tiempo descubrí que:
- El marido tampoco abría el correo. Si lo hacía, no le avisaba que tenía un email. Si le hacía, ella no los leía. Vía muerta.
- Ante mi insistencia de que leyera lo que le mandaba (efectivamente, yo estaba escribiendo la monografía sola), me encontré con que ella "no sabe usar la computadora". La culpa es mía por no querer atravesar toda la ciudad para reunirnos todos los fines de semana durante meses, escribir a mano el trabajo y mandarlo a pasar. Esto me suena. Yo lo hice...en 1991.
- Candorosamente escribí la monografía en un documento de Google para que estuviera online y ella pudiera ir viéndolo en tiempo real, modificando o poniendo comentarios en lo que le parecía. Nunca pasé de las palabras "mirá que te mandé una invitación para que puedas ver la monografía desde tu casa".
- Mi compañera tampoco sabía escribir con el teclado de la computadora. Le llevaba mucho tiempo. No como a mí que la PC me lee las ondas cerebrales y lo digitaliza al instante. ¡La p... que te p...! ¡A todos nos lleva mucho tiempo escribir un texto!
- Como insistía en colaborar ¿? le dije que hiciera un tema corto. Le mandé la bibliografía (porque yo sé hacer algo re-mágico que es buscarla en las bases de datos en Internet y hasta mandar mails a gente que está en ese tema para pedirles sugerencias de bibliografía. Basta de aplaudirme. Soy modesta por naturaleza) , y recibí algo asombroso. Nunca creí que un médico podía escribir algo tan pobre y con tantos errores de ortografía y tipeo.
- Resultó que la mierda que me mandó la había hecho el marido (también ginecólogo). La conminé a que me lo devolviera corregido y con algunas detalles agregados. Por ej, las referencias bibliográficas.
- Cuando le comenté que le faltaban muchas tildes Según ella, lo había leído y no estaba mal. En tono contenido le expliqué que los acentos no son cuestión de opinión. Casi le recito "van con tilde las palabras agudas que terminan...", pero me contuve.
- Finalmente, conseguí que me enviara una versión bastante mejorada con respecto al original. Y...¡POR EMAIL! Díganme si no terminé haciendo una obra de bien. Le enseñé a usar el email a una médica de 45 años.
Ya mandé la monografía a la tutora y me contestó que está muy bien. Además cumplí una buena misión en el Universo. No se puede pedir más.